ARCHIVADO:02 Abr 2000 PAG: SECCION:LIB NOTAS:mga PUB: AUTOR:WI;01/04,16:44
Los rostros de Auto Fin


Más de cincuenta
clientes de Auto
Fin han dado la
cara para quejarse

Carolina Freire y
Miren Gutiérrez
De La Prensa
Son decenas; vienen de Puerto Armuelles, Volcán, Colón, San Miguelito; son maestros, funcionarios públicos, desempleados, amas de casa; pero tienen mucho en común: todos cuentan con escasos recursos, todos dicen haber sido estafados tras firmar un contrato con la empresa de financiamiento Auto Fin Internacional. Son las caras de Auto Fin.
Después de la publicación de dos notas sobre las actividades de Auto Fin (ver La Prensa del 27 y del 28 de marzo), algo más de cincuenta clientes de la financiera acudieron a las instalaciones de este diario el miércoles pasado con la intención de que sus voces fueran escuchadas.
Estas personas, junto con una treintena más, entregaron a Auto Fin al menos 48 mil dólares. Quizás no parezca mucho, pero muchas no tienen trabajo o perciben menos de 600 dólares al mes. Y son sólo algunas de las que firmaron contratos con la empresa en los últimos meses. El número de clientes supuestamente estafados podría ser mucho mayor, ya que Auto Fin se creó en 1997.
Aunque todas las historias muestran un patrón común y terminan en la misma queja colectiva, la supuesta estafa tuvo diferentes manifestaciones.

‘La solución’
Quizás Ricardo Barría, un comerciante de 27 años, personifica como nadie el desamparo de alguien que quiso levantar cabeza, para hundirse más. Barría perdió su trabajo cuando se dio cuenta de que Auto Fin no le proporcionaría de inmediato la camioneta para cuya compra ahorró un año y medio.
El 5 de julio de 1999, Barría recibió de Gloria Tejada, una ejecutiva de Ventas de la financiera, una oferta irresistible: por un abono de sólo 638 dólares, la promesa de un vehículo, financiado con un préstamo de 8 mil. ‘‘Yo dije: ésta es mi solución’’, recuerda. ‘‘En el mismo día, yo le pagué el contrato’’. Tejada -dice- le prometió que le llamaría en un plazo de quince días para avisarle de dónde y cuándo se daría la subasta en la cual recibiría su automóvil, ‘‘porque ya tenía tres letras adelantadas’’. Ricardo esperó. Y esperó. Un mes después se dirigió a Auto Fin para exigir una explicación. Raquel Castillo, actual gerente de Ventas, le prometió, una vez más, que lo llamaría antes de la subasta. ‘‘Hasta la fecha de hoy, nunca me han llamado’’, dice molesto casi un año después. ‘‘Me siento que me robaron. Ellos no están estafando a gente de plata, sino a humildes’’.
Auto Fin ofrece financiamiento de casas, automóviles o terrenos con dos opciones de crédito -de cinco mil y ocho mil dólares, o combinaciones de ambos-, sin pedir ‘‘fiadores ni carta de trabajo’’, según la gerente Castillo. Para participar, se debe pagar una cuota de inscripción y tres mensualidades (lo que representa 350 o 638 dólares -para muchos clientes de Auto Fin, más de lo que perciben en un mes-, según el préstamo a que se opte). Ese pago sólo da derecho a participar en una subasta, donde decenas de personas se disputan un crédito pujando con ofertas de letras.
Como Barría, otros tampoco tuvieron oportunidad de pujar, puesto que nunca les avisaron de dónde sería la subasta.
Ana Avila, por ejemplo, tuvo tantas dudas nada más por abonar los 638 dólares que, una hora y media después de firmar el contrato con Auto Fin, trató, sin éxito, que le devolvieran su dinero. ‘‘De una forma grosera’’, según Avila, la gerente Castillo se avino a reemplazar el contrato de 8 mil por otro de 5 mil dólares. Sintiéndose engañada, Avila se despidió de Auto Fin deseando ver a sus responsables ‘‘algún día en la cárcel’’. Nunca la llamaron.
Yamileth Santia tampoco llegó a la subasta. Le pareció extrañísimo que el vendedor de Auto Fin estuviera dispuesto a darle un recibo sin haber pagado, así que decidió llevar el contrato a la Comisión de Libre Competencia y Asuntos del Consumidor (CLICAC), donde le recomendaron que se lo pensara dos veces. ‘‘Prefiero andar a pie’’, dice ahora a pesar de estar embarazada.

‘La adjudicación’
A excepción de estos casos, la mayoría de los descontentos que hablaron con La Prensa fueron citados a una ‘‘reunión de adjudicación’’ en la que tenían entendido que recibirían el ‘‘bien’’ que deseaban, porque –dicen– nunca se les habló de una venta pública al mejor postor.
‘‘Yo estaba consciente de que no era un vehículo de paquete, sino de segunda, pero jamás pensé que era una estafa’’, se lamenta Alcibíades García, haciéndose eco de decenas de otros casos. El 3 de febrero de 2000 Miguel Mora -otro representante de Ventas de la empresa- le aseguró, dice, que en 45 días le convocaría en una ‘‘reunión de adjudicación’’, y que, si ofrecía tres letras adicionales, recibiría su automóvil diez días después. El 25 de marzo, García llegó al salón Guaymí del Hotel Soloy en busca de su carro. ‘‘A los cinco minutos nos dimos cuenta de que no se trataba de adjudicaciones, sino de una puja’’, recuerda enojado.
Las historias se repiten. A Héctor Arosemena, de Veracruz, le dijeron que ‘‘no tenía que hacer más nada’’ que firmar el contrato para recibir su automóvil. A José Alvaro Cáceres le prometieron que 72 horas después de hacer el abono, el carro que quería estaría estacionado en el garaje de su casa. ‘‘Leí el contrato después de pagar’’, asegura por su lado Mitsila de Catuy, quien se dio cuenta de lo que había hecho demasiado tarde para rectificar. Muchos coinciden.
Pero la reunión del Hotel Soloy del 25 de marzo no fue como otras, cuentan. Durante la sesión -que, al parecer, no duró más de 15 minutos-, un supuesto cliente de Auto Fin ofreció 27 mensualidades, cuando ninguna oferta superaba las diez. Incapaces de competir y frustrados por la diferencia de ofertas, los participantes se fueron encima de los empleados de Auto Fin. Según dicen testigos presenciales, la Policía arrestó a cuatro empleados de la empresa ante el temor de que los lincharan. Fueron liberados al día siguiente.
Esa misma noche, José Catuy –uno de los clientes de Auto Fin que había pagado un total de 3 mil 528 dólares a Auto Fin– interpuso una denuncia en la Policía Técnica Judicial. La queja se suma otras que se han ido acumulando desde mayo de 1999.

¿Qué pasa ahora?
Desde la maraña de pasillos, oficinas y archivos de la PTJ, el inspector Gustavo Chong-hon, del departamento de crímenes contra la fe pública, investiga actualmente el caso de Auto Fin. Como punto de partida, Chong-hon cuenta con ‘‘documentos varios, copias de contratos’’ incautados en dos allanamientos en las oficinas de Auto Fin el pasado jueves.
A pesar de ser un caso en el que hay ‘‘más arriba de 150 personas’’ y de que comenzó la investigación hace tres sólo tres días, Chong-hon considera que se ha avanzado ‘‘mucho’’. Además del material, ya se ha entrevistado a una veintena de personas, y se está llamando a los descontentos a un ritmo de entre cinco y nueve personas al día para que rindan sus declaraciones.
La PTJ trabaja sobre la hipótesis de que las subastas Auto Fin están amañadas, por lo que trata de localizar a las personas que supuestamente recibieron ‘‘bienes’’ de manos de Auto Fin con el fin de determinar si tienen alguna relación con los promotores de la empresa. Una vez ‘‘construido’’ el caso, la PTJ lo remitirá a la Fiscalía Auxiliar, que ‘‘dictamina judicialmente cómo se va a proceder’’.
Pero aunque se logre determinar que Auto Fin violó el Código Penal, Chong-hon admite que la pena ‘‘no va a ser mucha’’, ya que ‘‘las leyes son muy leves’’ en los delitos contra la fe pública. Los responsables podrían ir a la cárcel durante entre dos y cinco años por delito de falsedad.
Entretanto, los esfuerzos de los clientes de Auto Fin caminan por otros derroteros. ‘‘Las personas dispuestas van a presentar una demanda de protección al consumidor para pedir la nulidad del contrato y la devolución del dinero’’, informó el abogado Ceballos. ‘‘Voy a presentar una demanda civil porque es un contrato de adhesión, o sea, es un contrato que no se discute, sólo hay que llenar datos’’.
Los derechos del consumidor, recogidos por la Ley 29, señalan que, si se demuestra que las cláusulas de un contrato de adhesión son excesivamente favorables a la empresa, se puede anular dicho contrato.
Sin embargo, queda mucho camino por delante, y nada está garantizado como han aprendido a las duras los clientes de Auto Fin. Y es que, según Ceballos, quien entra en Auto Fin, entra ‘‘en una especie de laberinto que no tiene salida’’.

Para realizar este reportaje, se trató de hablar repetidas veces con algún representante de Auto Fin, cuyo teléfono en las oficinas en Plaza Concordia (Vía España) no fue contestado desde el lunes pasado.



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